martes 29 de marzo de 2011

Juventud, fantasía y Tennessee Williams



Cuando yo era chica soñaba con videoclips que condesaban la tensión amorosa en un solo de guitarra. Entonces yo era Liv Tyler en Crazy de Aerosmith y subía al apetecible camionero al coche que compartía con mi amiga Alicia Silvestone. Soñaba con palabras desordenadas y ardientes, Con Molière y Oscar Wilde, con Dirty Dancing y Regreso al futuro, con los sábados por la noche en Los Cabos y los ojos verdes de Luciano.

Son aquellos tiempos, los que una vez parecieron anclados al perpetuo presente, los que vuelven con fuerza inusitada cada vez que acudo a Tennessee Wiilliams. Por algún motivo, esa realidad entre campos de algodones y decadencia sureña, me transporta a mi juventud en Buenos Aires, al olor a jazmines y a sudor húmedo, a mis piernas empapadas por el incordio de las baldosas flojas.

El recuerdo del pasado, con frecuencia, no es más que una llamada de atención sobre el presente. Un presente en el que me desentiendo forzosamente de la fantasía, cediendo a brazo forzado, a una realidad que, como en las obras de Tennessee Williams, se rompe con la fragilidad del cristal.

En “El zoo de cristal”, Laura vive por y para su colección de animalitos de vidrio, de los cuales su preferido es un unicornio. “El cristal se rompe tan fácilmente. No importa qué cuidadoso seas”, comenta Laura cuando el hombre de sus sueños, el destinado a sacarla de su encierro, de su cojera, de su desdicha, rompe accidentalmente el cuerno del preciado unicornio. Su felicidad, ridículamente efímera, se ve cercenada con la misma facilidad que aquella figura de vidrio.

“No quiero realismo, quiero magia”, dice Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo, en franca contraposición a ese macho “sobreviviente de la Era de Piedra” que es Stanley Kowalski. Su magia es la súplica de un mundo que ya no existe o que acaso nunca existió. Kowalski es la realidad hecha violencia y el encanto viril de la brutalidad.

Es el fin del paraíso de la inocencia, el fin de una época que ya sólo existe en mi imaginación y que el centenario del nacimiento de Tennessee Williams trae a mi memoria. Ya no creo que el amor se encierre en un acorde de guitarra ni que el maestro del “Club de los poetas muertos” muestre a sus alumnos que diferente se ve el mundo parados desde sus pupitres. En tiempos como este, solo puedo mirar el cuerno arrancado de ese unicornio de cristal, aquel que nació como una criatura excepcional, pero cuya propia fragilidad lo convirtió en el más triste de los caballos.

6 comentarios:

Rancho Electronico dijo...

... no pude mas que pensar en la muerte de la fantasia cuando ese cuerno de unicornio se desprendio.. y solo quedo un caballo mas... ahora tengo que saber quien es Tennessee Williams..

lv

Paula Iriso dijo...

the glass menagerie , muuy buena obra autobiografica

tambien me gusto un tranvía llamado deseo,

pasa por mi blog,
http://codigos-humanos.blogspot.com/

dave dijo...

el amor no se encierra en un acorde, va más allá de eso, va en la manera sensible de ejecutar ese acorde (o como quieras llamarlo)
Buen blog, que estes muy muy bien..

GMMR dijo...

http://wordsythoughts.blogspot.com

Fernanda Muslera dijo...

Rancho Electrónico, Paula, Dave, muchas gracias por pasar. Saludos.

Juan Pablo Cozzi dijo...

hay cosas de aquellos tiempos que nos hablaban de una forma de entender la magia. Por ejemplo, cierto jabón en polvo tenía unos duendecitos verdes y azules llamados Grambys que curaban por la limpieza de la ropa. En cambio, hoy en día el detergente viene con micropartículas de extra limpieza, amputando al mismo tiempo la fantasía de la magia y la ciencia ficción. Solo queda el evento publicitario.
Mas allá de eso, nada. No hay magia donde no la vemos. Será cuestión de ponerse los anteojos correctos.
Un saludo desde Buenos Aires.