Milan Kundera abre su libro más famoso, La Insoportable levedad del ser, con el planteamiento de un dilema existencial: ¿Es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? Y pregunta: “¿Realmente podemos vivir sin peso? ¿O nuestra propia carga existencial hace imposible la levedad?”
Este interrogante rondaba en mi mente cuando decidí irme a vivir a Nueva Zelanda. Quería salir, percibir el mundo y a mí misma de otra manera. Sentía demasiados pesos que soportar. La idea de que tenía un destino trascendente que cumplir, una misión, me carcomía. La lógica del “más vale malo conocido que bueno por conocer”, la noción de pérdida de tiempo siempre que no signifique trabajo, dinero y ascenso laboral, me incomodaba. El idioma inglés fue la excusa perfecta, dijeron muchos. Y me fui.
En la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires nos decían que éramos intelectuales, que nuestra palabra tenía peso y responsabilidad, que nuestra profesión tenía un deber con la verdad. Pero cuando salí de la burbuja estudiantil me di cuenta que el mundo laboral era muy diferente a la academia. Mis pretensiones intelectuales chocaron contra la pared del trabajo asalariado, la chatura práctica y la informalidad de los empresarios argentinos. Contra la verdad pura y dura que no enseñan en los libros.
Quince días después de haber llegado a Nueva Zelanda conseguía trabajo como camarera y luego como Manager asistente de un popular restaurante. Nunca lo había hecho y ciertamente era una tarea que no hubiera realizado en mi país. Sin embargo, al poco tiempo me sentí relajada, de un modo, en cierta forma similar, a lo que sentía el personaje de Tomás en La insoportable levedad del ser.
Tomás es un médico con una carrera brillante comprometido con la vida política de su país (Checoslovaquia durante la Primavera de Praga). Cuando tiene que dejar su trabajo debido a una persecución política, empieza a trabajar como camionero y a vivir en un pequeño pueblo. Esta experiencia le hace sentir relajado como nunca en su vida.
Hacia el final del libro Tomás le dice a Teresa: “la misión es una idiotez. Yo no tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión.”
Yo, sin el peso de tener que ser una intelectual, sin el peso de tener que conseguir un buen trabajo, de ser exitosa, de ser buena hija, buena amiga, de ser fuerte y perfecta, me encontraba en la distancia, en una pequeña ciudad donde nadie me conocía, donde nadie esperaba nada de mí, en un país donde ni siquiera hablaban mi idioma, feliz.
El idilio duró poco y prontamente sentí la levedad como una indolencia paralizadora (comfortably numb, como diría Pink Floyd). Me di cuenta que, aunque no exista la misión, mi única ligereza sólo podía venir de mano de las palabras, aquellas que, en forma de poesía, llenaron de fantasía mi infancia y vaciaron de angustia mi adolescencia. Aquellas que me salvaron de la indolencia.
Las mismas que hoy me permiten dar una opinión, una visión sobre un estado de cosas, a través de un blog o un periódico. No porque persiga fines doctrinarios, sino porque pienso que el periodismo es intentar comprender. “Las malas personas no pueden ser periodistas”, sostenía Kapuscinski: “Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias”.
Hoy se que el periodismo es para mí la única manera soportable de aligerar este peso, aunque, por momentos, aún sueñe con aquella levedad que experimenté en Nueva Zelanda.

2 comentarios:
Va a ser difícil encontrar en Madrid esa levedad, pero has dado con una clave: las palabras no salvan, de lo de fuera a veces, y de nosotros mismos otras. Pero tú además tienes la ventaja de que mucho equilibrio puedes encontrarlo dentro, en tu sensibilidad, que no es ni sensiblería ni pedantería, sino sensibilidad, así, exacta, íntegra. Olvídate de exigencias y de presiones y disfruta.
Gracias Patri, es muy lindo lo que me dices y sabes perfectamente, hablando de sensibilidad, que la tuya es especial.
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