En 1930 nacen Mickey Mouse y el malogrado Código de Producción, o también llamado Código Hayes, por el cual la industria cinematográfica estadounidense se sometía a un estricto control y censura sobre sus productos, decidiendo que películas eran moralmente aceptables y cuáles no. Pero a pesar de su establecimiento en el comienzo de la década fue recién en 1934 y hasta 1968 que esta medida fue efectivamente adoptada.
Estamos pues ante un período único en la historia del cine estadounidense, hablo de gramáticas de producción de sentido que prevén el surgimiento de una obra rupturista. Por un lado una exploración de las potencialidades del medio generado por el advenimiento del cine sonoro que se enmarca en un periodo de crisis económica y social (y la subsiguiente necesidad apremiante de crear vías de escape para el público a través del entretenimiento) y por el otro, la relativa libertad de contenidos motivada, seguramente por una ignorancia casi inocente de las posibilidades del cine.
Tod Browning y parte de su elenco
La película transcurre en un pequeño circo ambulante poblado por gran variedad de mounstros de feria. Quizás hoy en día no estemos demasiado familiarizados con este tipo de espectáculos que sin embargo datan desde la Edad Media y fueron muy exitosos durante el período victoriano en Europa y Estados Unidos. En ellos se presentaban como horrores (o maravillas) de la naturaleza a hombres y mujeres marcados por la diferencia física: poseedores de malformaciones o particularidades corporales. Se trataba, como muestra el film de Browning, de personas con distintos tipos de enanismo, con ausencia de brazos y/o piernas, con problemas microcefálicos (llamados pinheads -cabezas de alfiler-), gemelos siameses, hombres-esqueleto, mujeres barbudas, etc. Un caso muy resonante en la Inglaterra de la era victoriana fue el Joseph Merrick también conocido como el hombre elefante, retratado por John Hurt en el film de David Lynch. Pero también eran parte de estos circos otras personas que no sufrían trastorno físico alguno pero que exponían sus cuerpos a diferentes peligros o situaciones anómalas o quienes a través del maquillaje, el vestuario o el ejercicio acentuaba ciertas características físicas peculiares. Este es el caso de los hermafroditas de las ferias quienes se reconocían fácilmente por utilizar un traje que los representaba como mitad hombre- mitad mujer. En realidad, la mayoría de las veces se trataba de mujeres que ejercitaban la mitad de su cuerpo para tener aspecto más masculino de un lado de él y que luego acentuaban la diferencia entre ambos sexos a través del vestuario y el maquillaje.
El propio Browning conocía bien este mundo y a sus integrantes ya que había formado parte de él desde los dieciséis años cuando huyó de su hogar. Trabajó como payaso, contorsionista, acróbata y hasta de comedor de serpientes. El mundo freak y su juego de apariencias lindantes entre lo bizarro y lo grotesco era un universo que lo había intrigado desde sus comienzos en el cine. En su asociación con uno de los actores más rentables del cine mudo, Lon Chaney, conocido como el “hombre de las mil caras”, Browning explotó la versatilidad de su actor en personajes demenciales: auténticos freaks de colección. Pero con la realización de su película más recordada dejó de lado las máscaras para mostrar los rostros reales de la monstruosidad humana.
El triángulo amoroso de Freaks
La trama de film no se aleja demasiado del clásico melodrama (la bella y despiadada mujer que planea junto a su amante matar a su rico marido para cobrar la herencia) salvo por el detalle de que en este caso el marido es un enano de circo. Pero la fuerza del relato va de la mano de un collage de personajes secundarios cuya mera presencia en la pantalla suscita la más morbosa e inquietante atención por parte del espectador. Browning nos enseña su monstruosidad sin tapujos como así también nos ofrece un vistazo a una monstruosidad menos aparente, esta vez escondida en la belleza física, que no nos viene preconcebida en el mero acto de mirar.
La muerte y resurrección de Freaks
El mundo no estaba preparado aún para Freaks. Tras su estrenó en enero de 1932, el film recibió pésimas críticas, además de tener que cortar su duración de noventa a sesenta minutos y de modificar el final para hacerlo menos macabro. Freaks se convirtió en un icono de la depravación de Hollywood. Se habla de gente que salía despavorida del cine y de una mujer que se horrorizó tanto al ver la película que tuvo un aborto y acabó poniendo una demanda. El escándalo y al fracaso comercial hicieron que MGM retirara la película de circulación el mismo año de su estreno. El film, que estuvo prohibido en muchos países por tres décadas, representó un verdadero suicidio profesional para su director, quien al poco tiempo decidió retirarse definitivamente del mundo del cine. Tod Browning murió recluido solitariamente en 1962 sin haber pronunciado jamás una palabra sobre Freaks.
El tiempo pasó y con él también lo hicieron la ciencia, la tecnología, los medios de comunicación y la guerra. La Segunda Guerra Mundial significó un antes de un después en el imaginario colectivo. Nunca como hasta ese momento se había asistido a un espectáculo tan tremendo de muerte y aniquilación: las imágenes de los campos de concentración y de las bombas en Hiroshima y Nagasaki recorrieron el mundo. Pero el despliegue de monstruosidad no acabó. Estados Unidos y la Unión Soviética jugaron su Guerra Fría en tableros ajenos.
Es recién en la década del sesenta cuando Freaks resucita de la mano de una contracultura que celebra la idea de la trasgresión y rechaza el american way of life. La película comienza a ser presentada en el circuito under y va adquiriendo categoría de culto. Y de su mano, lo freaky, lo diferente, lo extraño va instaurándose como una categoría socialmente válida. Lo freak se critaliza en el lenguaje y en el imaginario. Pero, en su revés, lo freak se aproxima a la norma, se acerca a lo cool, se transforma en producto de consumo y se desradicaliza en un vaciamiento típicamente postmoderno.
Lejos, estamos hoy día de asistir horrorizados al film de Tod Browning. Mucho agua ha pasado debajo del puente, mucha terror verdadero. Sin embargo, Freaks sigue siendo única e irrepetible, polémica e imposible de olvidar. Y lo es porque su creador nos reservó a cada uno de nosotros el papel principal en su película: el de la monstruosidad de nuestras propias reacciones.






