Milan Kundera abre su libro más famoso, La Insoportable levedad del ser, con el planteamiento de un dilema existencial:
¿Es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? Y dice:
“La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas, la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.
Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.
Pero: ¿realmente podemos vivir sin peso? ¿O nuestra propia carga existencial hace imposible la levedad? Si decidimos entregar nuestra vida a la levedad: ¿acaso esta se nos torna insoportable?”
Esta pregunta rondaba en mi mente cuando decidí irme a vivir por un tiempo a Nueva Zelanda. Quería salir, percibir el mundo y a mí misma de otra manera. Sentía demasiadas presiones. Demasiados pesos que soportar. Expectativas propias y ajenas. La idea de que tenía un destino trascendente que cumplir, una misión, me carcomía. La lógica del “más vale malo conocido que bueno por conocer”, la noción de pérdida de tiempo siempre que no signifique trabajo, dinero y ascenso laboral, de que tras haber estudiado una carrera debía dedicar todos mis esfuerzos al desarrollo profesional y no perder ni una pizca de tiempo frente a la competencia voraz me incomodaba. El idioma inglés fue la excusa perfecta dijeron muchos. Y me fui.
Quería reinventarme, salir de la mirada de los otros. En la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad nos decían que éramos intelectuales, que nuestra palabra tenía peso y responsabilidad, que nuestra profesión tenía un deber con la verdad. Pero cuando salí de la burbuja estudiantil me di cuenta que el mundo laboral era muy diferente a la academia. Dejé un trabajo seguro, que pagaba bien pero que no disfrutaba, en busca de mi misión, de mi peso, de mi desarrollo profesional. Mis pretensiones intelectuales chocaron contra la pared del trabajo asalariado, la chatura práctica y la informalidad de los empresarios argentinos. Contra la verdad pura y dura que no enseñan en los libros.
Quince días después de haber llegado a Nueva Zelanda conseguía trabajo como camarera. Nunca lo había hecho y ciertamente era una tarea que no hubiera realizado en Argentina. Sin embargo, al poco tiempo me sentí feliz, relajada. Lo que me pasaba me hacía recordar, en cierta forma, a lo que sentía el personaje de Tomás en La insoportable levedad del ser.
Hacia el final del libro Tomás le dice a Teresa: “No te has dado cuenta que aquí soy feliz Teresa”, y luego: “la misión es una idiotez. Yo no tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión.”
Yo, sin el peso de tener que ser una intelectual, sin el peso de tener que conseguir un buen trabajo, de ser exitosa, de ser buena hija, buena amiga, de ser siempre fuerte, siempre perfecta, siempre feliz, sin el peso de encajar en las múltiples categorías de la imposición cultural, me encontraba en la distancia, en una pequeña ciudad donde nadie me conocía, donde nadie esperaba nada de mí, en un país donde ni siquiera hablaban mi mismo idioma, feliz.
Pero: ¿realmente podemos vivir sin peso? ¿O nuestra propia carga existencial hace imposible la levedad? Si decidimos entregar nuestra vida a la levedad: ¿acaso esta se nos torna insoportable?
El peso conlleva responsabilidad, implica tomar y asumir decisiones. La palabra libertad no necesariamente implica levedad: también podemos ser felices en el peso y esclavos en la levedad, habitados por una terrible indolencia paralizadora (o como tan acertadamente expresara Pink Floyd; podemos estar comfortably numb – plácidamente paralizados).
Un peso hecho de palabras
Sin embargo, el idilio no duró mucho. Seguía sintiendo una necesidad por el peso, mi levedad se tornó insoportable. La misión, siempre pensé, tendría que venir de la mano de las palabras, como armas contra los males del mundo; la palabra como belleza, como poesía, como reflexión.
Mi levedad se demostró ficticia cuando me ascendieron a Manager asistente del restaurante. Me imaginé trabajando diez años más en aquel lugar y que mi máxima preocupación fuera la cantidad de comensales y el monto de dinero que se facturara. Decidí marcharme.
Sin embargo, hoy me pregunto si acaso esos deseos altruistas no son más que la proyección de mi ego. ¿Acaso no se trata todo de lo mismo? ¿O es que ver una nota publicada bajo mi nombre en una revista no representa en mayor medida a un deseo egocéntrico que a una misión en la vida? ¿De qué forma el mundo se ve beneficiado por mi insignificante trabajo?
Aún me es difícil decidir por la levedad o por el peso, siendo esta según Kundera, la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones. Sólo sé que por momentos ansío el peso de las palabras mientras en otras ocasiones sueño con la levedad y con volver a experimentar esa libertad que sentí en el restaurante de Nueva Zelanda.

6 comentarios:
Ah, excelente Paula!
Desde que la leí me pareció que la novela de Kundera es más un ensayo que una novela y que la historia de sus personajes sólo es una excusa para plantear lo efímero de nuestro "peso".
Así el único personaje de la obra que muere rodeado de afecto es el perro de Tomás y Teresa, los demás mueren o desaparecen en forma estúpidamente accidental; lo cual según interpreté refuerza la levedad.
En mi opinión, que es la de un lego, necesitamos dar peso a nuestra existencia, trascender, hacer y claro que hay alguna forma de exaltación del ego en esa idea; después de todo nuestra vida es lo único que "tenemos", pero claro que en la historia del universo nuestras vidas son insoportáblemente leves, impalpables.
Muy bueno tu post.
Muchas gracias Carlos por siempre comentar en forma tan interesante. Comparto lo que decís del perro y también lo de nuestro peso existencial frente a la nimiedad de nuestras vidas en un plano más macro.
Pero como dice esa frase de que la revolución no la hacen las personas sino los pueblos, por más insignificante que parezca nuestro peso puede contribuir de alguna manera a la consecución de un cambio mental, cultural, político, social, que favorezca de alguna manera la vida de otras personas. Y esto vale para una madre que educa a sus hijos desde el amor, la compasión y el respeto hasta la obra de un artista que nos conmueve.
Otra cosa muy interesante de tu post, Paula, es esta idea de "desengancharse" de ocupar un lugar lo más "border" posible.
De estar en un lugar donde nadie nos conozca y donde nadie espere nada de nosotros.
En tres palabras: vivir sin compromiso.
Una fantasía de mi juventud era la de subirme a un carguero en el puerto y salir con él adonde la providencia dispusiera.
Viajar sin destino.
La levedad total.
Nunca lo realicé.
Preferí el "peso" de formar una familia, tener una profesión.
Quizás en mi próxima vida...no?:)
Muy bueno tu artículo Paula.Yo creo que no es una cuestión de elección. Desde que nacemos pesamos y vamos engordando a lo largo de nuestra vida,hay momentos que adelgazas y otros que engordas.Si te sientes mal por estar gordo y adelgazas te encuentras mejor, te sientes aliviado,ganas confianza pero sigues pesando.
Despreocupándote por controlar tu peso no te lleva a 0 gramos.
Prueba todos los regímenes que quieras, cambia el atún con mayonesa por la coliflor, el chorizo por las espinacas y el chocolate por los garbanzos,pero vas a seguir tragando hasta que no te quites las ganas de comer.
También leí la novela de Kundera y desde entonces la idea del peso y de la liviandad están ahí, a flor de piel. ¿Peso o levedad?
Curioso, algo de esto es quizás lo que me está pasando en estos días.
Saludos!
Carlos hay una canción de Los Rodríguez que se llama "La Puerta de al lado" que me transporta a ese pensamiento del anonimato total y que solía escuchar mucho en la época de Nueva Zelanda. En una parte dice: "Soy la funda vacía de una guitarra que un dia aprenderé a tocar".
¡Karl pará de comer que te vas a poner obeso!
Estrella: gracias por pasar.
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