lunes 22 de diciembre de 2008

La autopista


En el cuento de Julio Cortázar La autopista del sur un embotellamiento de tránsito durante un tiempo muy prolongado provoca la generación de una comunidad transitoria. Hacia el final de la historia, cuando el tránsito se descongestiona, los autos comienzan a circular rápidamente por el camino prefijado como si nada hubiese pasado.

Somos individuos móviles; ya lo dijo Richard Sennett: “el individuo móvil contemporáneo ha sufrido una especie de crisis táctil: el movimiento ha contribuido a privar al cuerpo de sensibilidad”.1 El cuerpo en movimiento no es más que un cuerpo vacío, embotado en sus sentidos. El espacio se convierte en un obstáculo a sortear y la lógica de la ciudad es la de la autopista.

No puedo dejar de pensar el cuento de Cortázar como una maravillosa metáfora de esta lógica de autopista con la que manejamos nuestras corporalidades en las grandes urbes. Sólo basta con recapacitar sobre nuestra experiencia cada vez que accedemos al centro porteño. Nos convertimos en alienados ciudadanos de la velocidad, esquivando gente como si de bultos se tratase, afinando nuestro oído a un neutro sonido monocorde que aúna en su interior conversaciones ajenas, voces de vendedores ambulantes y sonido ambiente. Recibimos panfletos, comemos comida rápida, subimos al subterráneo y asistimos con púdico desprecio al contacto de los cuerpos, hacemos interminables colas, quizás alguna inoportuna señora nos hable cuando por fin subimos al colectivo y estamos gozosos de abandonar la sociedad para recluirnos en el solitario cobijo del hogar. Quisiéramos simplemente fluir como una autopista perfecta, sin atascos, advirtiendo casi imperceptiblemente el movimiento alrededor. Deslizarnos rápidamente de una forma que haga menos notoria la presencia del otro.

Porque no queremos ver al otro, que no es más que las múltiples posibilidades de uno mismo. Es como ver cientos de reflejos distorsionados en el laberíntico rizoma de algún espejo mágico. Queremos conservar nuestra imagen de individuo y por eso tendemos al individualismo: somos lo suficientemente miedosos y canallas como para hacer lo contrario. Pero la velocidad no implica dinamismo, como bien señalara Ezequiel Martínez Estrada: “Puede una ciudad estar muy agitada sin ser dinámica, como un hombre puede estar en cama con 150 pulsaciones por minuto”.2

En el cuento de Cortázar el embotellamiento hace que un grupo de extraños vea la formación de una comunidad como necesaria. Pero hacia el final, cuando el problema de circulación se resuelve, cada uno sigue su camino imperturbablemente. “No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar”.3

Creo que este puede ser uno de los motivos por los cuales muy a menudo sueño con vivir en la playa, saludar al vecino, ir a trabajar en bicicleta, respirar aire puro, sonreírle a los extraños. Abandono estas tierras hacia otras que tal vez me lleven al dinamismo soñado o quizás descubra que la agitación está en mi misma, postrada con 150 pulsaciones por minuto, incapaz de fluir velozmente por mi propia autopista.

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1- Sennet, Richard, Carne y piedra, Madrid, Aianza Editorial, 1994.

2- Martínez Estrada, Ezequiel, La cabeza de Goliath, Buenos Aires, Ed. Club del libro A.L.A. 1940.

3- Cortázar, Julio, "La autopista del sur" en Todos los fuegos el fuego, Buenos Aires, Editorial Sol90, 1966.

Fotografía: http://blog.wired.com/cars/images/2007/06/17/traffic_jam.jpg

sábado 20 de diciembre de 2008

Suicidio tácito

Cometí un suicidio tácito
sin armas ni trenes intempestivos.
Renuncié poco a poco a la veracidad
del olor de los jazmines.

En el vaivén del mar
mi mundo se ha cerrado
en un eco caracólico repetitivo.

Un perro me corrió
hasta los confines del mundo
sólo para morderme.

Cometí un suicidio tácito.
De un cuerpo reactor físico-químico.

lunes 15 de diciembre de 2008

Un viaje hacia rutas salvajes



“Society, you´re a crazy breed. I hope you are not lonely without me.”

Jerry Hannan


La rutina es una pajarera en donde encerramos nuestro cerebro y cuando salimos de ella y volamos fuera de su jaula nos elevamos contentos hasta descubrir que seguimos habitando dentro de una jaula un poco más grande. El cascarón es eterno, a diferencia del ambivalente Abraxas de Hermann Hesse: “El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. Quien quiere nacer tiene que romper un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios es Abraxas.”

El viajar siempre implica una partida, un desplazamiento, sea este hacia el interior de uno mismo o motivado por la exterioridad (aunque sería más correcto hablar de una interioridad exteriorizada o de una exterioridad interiorizada). Ese viaje representa un intento de romper ese cascarón. En castellano, el verbo partir está emparentado etimológicamente con el sustantivo parto. Parir del latín parere significa "dar a luz", "producir, proporcionar". Es a través del parto que uno genera un rompimiento con el espacio que hasta ese momento era el único conocido: el del interior del vientre materno. Para el nuevo ser humano que acaba de nacer, el parto es un auténtico viaje. Las partidas siempre implican rompimientos, despedidas, En este caso, el bebé rompe la bolsa y asoma su cabeza a un nuevo mundo, lejos de la seguridad y la dependencia a la que estaba acostumbrado.

En el cine la temática del viaje, ha sido retratada muchas veces en un género que se ha dado en llamar Road Movie, pero incluso podríamos decir que casi cualquier film, casi cualquier novela y, en realidad, cualquier vida versa sobre un viaje.

Sobre un viaje trata también la última película de Sean Penn Into the wild (2007), que por alguna extraña razón ajena a mi lógica, ha sido estrenada en Argentina directamente en DVD a principios de este año a pesar de que la calidad de la película, el renombre del director y de su equipo y el hecho de ser la adaptación de un libro que estuvo 103 semanas seguidas en la lista de bestsellers del periódico New York Times y que actualmente es leído en numerosas escuelas a lo largo de Estados Unidos eran motivo suficiente para su paso por el cine. Hacia rutas salvajes, nombre con el que se convino nombrar la película del citado director (aunque una traducción más fidedigna podría ser “Hacia la naturaleza salvaje”) narra, a partir del libro de Jon Krakauer, la historia de Christopher McCandless, un joven e idealista estadounidense proveniente de una familia de clase media acomodada, que luego de graduarse en Historia y Antropología en la Universidad de Emory, dona los U$S 24.000 restantes de su fondo universitario, rompe sus tarjetas e identificaciones, quema su dinero, cambia su nombre por el de Alexander Supertramp y emprende un viaje de dos años por su país con el ansiado objetivo de llegar hasta Alaska, vivir de la tierra, en y con la naturaleza, y alejarse así de la civilización y de una sociedad con la que no se comprendían mutuamente. En septiembre de 1992 el cuerpo de Christopher McCandless es encontrado cerca del Parque Nacional Denali en el interior de un autobús abandonado con un peso de apenas 30 kilos y un diario de vida con el recuento de 189 días.

Hacia rutas salvajes es una película en donde la propia sensibilidad de su realizador Sean Penn está a flor de piel y eso se nota. Así también la propia sensibilidad del autor del libro en el que se basa la película, Jon Krakauer, cuando escribió acerca de aquel intrépido joven que le recordaba tanto de sí mismo: el autor es montañista y aventurero, reconocido por sus libros de alpinismo, cuyas experiencias lo llevaron al borde de la muerte al ser uno de los protagonistas de lo que se conoce como el “Desastre del Everest”, cuando cuatro de las seis personas de su equipo murieron tras una tormenta luego de haber llegado a la cima de la montaña más alta del mundo.

Penn tardó diez años en recibir una respuesta positiva de la familia McCandless para realizar la película y si finalmente lo logró fue por haberse mantenido fiel al libro de Krakauer así como por haber hecho partícipes a los padres y la hermana de Chris en el proceso de realización de un film que le llevó dos años y que fue filmado en 36 locaciones, muchas de ellas, situadas en los mismos lugares donde transcurrieron los hechos.

El viaje cinematográfico

Alfonso Cuarón retrata en Y tu mamá también el viaje que emprenden dos adolescentes mexicanos en compañía de una joven y desinhibida española hacia una playa escondida del Pacífico y para ello decide apelar a gran cantidad de tomas fijas, ausencia de primeros planos y superposición de la imagen muda en movimiento con la voz en off de un narrador omnisciente. En este film la rotura del cascarón por parte de los personajes se revela como un acto inconsciente, casi involuntario y la cámara lo pincela a través de una lejanía; no desde la empatía con los personajes sino desde el rol del observador. Sentimos, intuimos, que estamos siendo testigos no bienvenidos de la rotura de la burbuja personal de los protagonistas.

En Hacia rutas salvajes, en cambio, el procedimiento es totalmente diferente. Penn sabe que la figura de Chris McCanddless representa un sentimiento que en mayor o menor medida cada uno de nosotros experimentamos en algún momento de nuestras vidas y apela a una cámara subjetiva y cómplice. La película cuenta con gran cantidad de cortes y un muy buen montaje, alternando primeros planos con otros panorámicos. La cámara suele ser bastante movediza e incluso el director apela al recurso, quizás no del todo feliz, de dividir la pantalla en dos o tres recuadros. Por momentos toma el punto de vista de su personaje principal, como cuando leemos lo que Chris va escribiendo en su diario y la cámara pareciera que no existiera o cuando el protagonista vuelve a la ciudad y se imagina siendo uno de esos estúpidos yuppies a los que contempla desde la calle. En ocasiones sus propias letras invaden las imágenes, situándose por encima de estas. La sensación es la de estar viendo a través de los ojos del protagonista y de esa misma forma están rodadas muchas de sus aventuras, dando la sensación de que somos parte de ellas. En otras ocasiones, las imágenes se aceleran o desaceleran en función de los sentimientos de su personaje.

Y así como desde el plano de lo visual, Penn realiza un trabajo íntimo y subjetivo lo mismo realiza desde el sonido. Por momentos es la propia voz de Chris la que nos lee fragmentos de su diario, aunque la voz en off de la actriz que interpreta a la hermana del protagonista nos sitúa del otro lado de la historia, que es la de su familia (cabe destacar que fue la propia Carine McCandless quien escribíó la narración que relata su personaje en la película). Así como Cuarón en Y tu mamá también descartó una música que funcionara como leitmotiv con la clara intención de anular las identificaciones, Sean Penn hizo nuevamente todo lo contrario. Le encargó la banda de sonido a su amigo Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam, quien creó una inspirada colección de canciones y covers que parecen la propia y melódica voz interior de McCandless. La banda sonora es la película y la película es la banda sonora, es imposible no pensar o evocar la huella del film sin asociarlo con su música y lo mismo sucede a la inversa.

Hacia rutas salvajes logra convertirse en pluma y en pincelada, en un film poético y épico, que cuenta además con una gran dirección de fotografía a cargo de Eric Gautier, quien se desempeñara anteriormente en Diarios de motocicleta de Walter Salles, y con un elevado nivel actoral. La película de Sean Penn quizás no logre convertirse en una joya de la cinematografía pero sí en un destacado exponente de un cine más visceral.

lunes 8 de diciembre de 2008

Relato de un amor improcedente

¿Qué es esto sino el incordio y caprichoso recuerdo de un amor improcedente?

Hubo un tiempo en el que solía burlarme de las novelas de amor o de las pasiones cinematográficas en las que los que los insufribles amantes debían imponerse a toda serie de obstáculos para poder arribar a la concreción de su ansiado sentimiento. Lejos estaban para mí, dentro de la propia percepción de la generación en la que me tocó vivir, las trabas impuestas por motivos ajenos al amor: virginidad, dinero, religión, raza, familia. Lejos estaban también mis padres de tratar de marcar mi camino amoroso luego de que el suyo fuera cuestionado y demostrara año a año la invalidez de aquella discusión. Pero cuando cambié de latitudes y llegué a Nueva Zelanda me encontré frente a la lección que mi escasa experiencia me había negado.

Debo reconocer que en cuanto se abrió la puerta de la casa situada en la calle Russell el interés de mi visita cambió tan repentinamente como cambia de promesa un político oportunista. Ya no me importaba discernir si la casa era la adecuada o si el resto de de sus ocupantes era una manga de sicóticos. No reparé en las longitudes de la habitación ni me importó que en la casa residieran dos pequeñas niñas con los pulmones preparados para gritar y llorar a moco tendido. Lo que me importaba era que aquellos desconocidos me eligieran a mí (y solamente a mí) para compartir esa casa; era la única chance de acercarme al sobrenatural hombre que me había abierto la puerta.

Tuve suerte y a la semana ya estaba mudando mis escasas posesiones. La habitación estaba completamente vacía así que la llené con las dos valijas de veintitrés kilos que traje de Buenos Aires más la cama y demás pertenencias que me había regalado la familia Starck. Mi llegada a Nueva Zelanda había empezado con el pie derecho aún antes de siquiera pisar el país. Mientras esperaba en el aeropuerto de Santiago de Chile por la continuación de mi vuelo conocí a Nick y Julie, una joven pareja de kiwis residentes en Melbourne quienes venían de pasar sus vacaciones en Mendoza en la casa de una familia con la cual Nick había vivido años atrás como parte de un intercambio estudiantil. Pasaban las horas, seguíamos esperando el vuelo y entre charla y charla me ofrecieron que me hospedara por un tiempo en la casa de sus padres en Wellington. Esa noche, finalmente, el avión no salió y nos llevaron al Hotel Sheraton Santiago para que descasáramos el escaso tiempo que nos distanciaba del amanecer.

Ante la inminente crisis que experimenté al llegar a Auckland -¿Qué hago aquí? ¿A dónde voy? ¡Quiero volver!- decidí dejar que el destino me guiara y opté por aceptar el ofrecimiento de la pareja. A las cuatro días de haber llegado a Nueva Zelanda tomé un autobús que deshizo las diez horas que me separaban de Wellington.

Tras tres semanas de convivencia con mis bondadosos padres adoptivos neozelandeses llegó el día de la mudanza. La pacífica convivencia con el galán color canela duró menos de lo pensado: la atracción, para mi asombro, había sido mutua así que el resto es historia: una noche fuimos a una fiesta, el pasó su mano por encima de mi hombro, nos besamos en la parada del colectivo, entramos a nuestra casa, subimos la escalera hacia el área de las habitaciones y, sin dudarlo, cruzamos juntos el umbral de la puerta de su dormitorio.

Pasaron dos días, me alarmé por su frialdad y di por sentado, con gran pesar, que aquel hombre era uno más de aquellos que empiezan la guerra sólo para huir luego de la primer batalla. Pero una mañana, mientras nos dirigíamos a nuestros respectivos trabajos, me confesó lo que yo nunca me hubiera imaginado: que aquella noche llena de pasión había sido la primera en sus veintisiete años de vida; que aquella noche de ensueño había torcido su vida de una vez y para siempre: había fallado a su palabra, a su convicción, a su fe de reservar el acto más íntimo del ser humano a la alcoba bienintencionada del matrimonio.

Mi perplejidad fue absoluta (¿cómo es posible que nadie hubiera malversado los atributos de semejante belleza?) y en primera instancia, aunque debo reconocer que lo hice por todo el tiempo que duró nuestra relación, desprecié en él esa especie de anacronismo y dogmatismo religioso impropio, según mi entender, de la clase de personas que podían contarse como parte de mi círculo privado. Al correr de los días, sin embargo, dejé de lado mi propio pensamiento dogmático y traté de comprender, de suspender mis juicios preestablecidos y acercarme a su visión de mundo.

Si quería aproximarme a su modus vivendi era porque él distaba mucho de ser un acartonado joven devoto; había algo en su religiosidad extrema que me parecía inauténtico a la vez que fiel reflejo de su personalidad: era extrovertido, excéntrico, hippie, activista, divertido y sociable pero a la vez extremadamente ingenuo para su edad. Esa cualidad suya por momentos me conmovía en su pureza, de un ser carente de toda malicia, incapaz de levantar el dedo para señalar a persona alguna pero a la vez me irritaba sobremanera, como cuando me decía que Dios estaba reconstruyendo el mundo y yo le contestaba fuera de mis cabales que de qué Dios y de qué mundo me hablaba, porque el único que yo veía se estaba rompiendo en pedazos. Entonces le sermoneaba que un neozelandés sin apuros económicos ni de ningún tipo, que nunca había salido de su pequeña y perfecta ciudad (ni de su pequeña y perfecta iglesia), en un país aislado geográficamente y carente de una historia y cultura propia de larga data no podía venir a opinar sobre los males del mundo de una forma tan naïve. Que yo (dicho esto con plena soberbia) en mi calidad de sudamericana tercermundista podía decirle lisa y llanamente que ese mundo era una cagada.

A la semana, me citó en un bar de sillones aterciopelados, música suave y luz tenue y yo pensé que era aquel el momento de la concreción de nuestro amor. Por fin habría disipado sus dudas y el shock del primer encuentro habría dejado paso a una sensata reflexión sobre la atracción ineludible que se establecía entre nosotros. Esa noche pensé que su mundo y el mío habían arribado a una intersección, abstracción que se reveló errónea cuando al cabo de cinco minutos me dijo que él y yo no podíamos estar juntos aunque, si yo se lo permitía iba a amarme en cuerpo y alma hasta la muerte pero que para ello necesitaba que yo me convirtiera cristiana y que nuestro amor fuera el fruto de un compromiso con Dios. Parte de ese compromiso era no tener sexo hasta el matrimonio.

Yo no podía creer en las palabras que salían de su boca, me sentía en el medio de una película de época no tanto por la trama sexual sino por su férrea determinación de amarme hasta la muerte luego de tan poco tiempo de conocernos. Yo le dije que si quería quererme tenía que hacerlo tal cual yo era, aceptando mi ateísmo o mejor dicho agnosticismo, y sin pretender cambiarme, porque de eso no se trataba el amor. El insistía en que no quería transformarme sino simplemente acercarme a Dios y así la conversación fue polarizándose repetitivamente entre los mismos dos argumentos defendidos con ahínco por cada una de sus partes.

Sin embargo, una semana más tarde, este loco neozelandés me hizo protagonista de uno de los momentos más románticos de mi vida cuando en el viejo auto de su padre decidió apostar a nuestra relación pese a la diferencia de idioma, cultura, religión e idiosincrasia al ritmo de las más dulces tonadas de Gilliam Welch. Esas melodías sellarían para siempre el recuerdo de ese amor que no fue cuando, luego de que nuestra separación se hubiera concretado, él me enviara el disco por correo.

A partir esa noche nos sumimos en una vertiginosa relación en la que cada uno trató de adecuarse al otro pero también de convencer al otro, de llevarlo para el propio terreno conocido. Yo me embarqué en la lectura de la Biblia (él me había regalado una versión en castellano), en mis charlas semanales con Reverend David y a la vez leía como contraparte los tres tomos de Historia de la Sexualidad de Michel Foucault. Yo lo acompañé varias veces a su Iglesia Anglicana, escuchaba sus esporádicos sermones y, aunque al principio me negaba a comulgar porque no quería hacerlo si realmente no creía en lo que ello representaba, luego acepté cuando vi que en esta Iglesia no se trataba del sacerdote entregando el cuerpo de Jesucristo en forma de hostia a sus fieles sino de una ronda de personas compartiendo una hogaza de pan en forma colectiva.

Realmente traté de entender, de darle una oportunidad al cristianismo, aquella que le di siendo una niña pero que luego deseché tan fácilmente como quien se saca de encima unas ropas que ya quedan demasiado chicas. Recuerdo que nos mandábamos largos e-mails con discusiones filosóficas sobre distintos temas y él hacía un esfuerzo para aprender un poco de castellano porque yo le decía que si llegábamos a tener hijos los iba a criar en forma bilingüe.

Una noche me presentó a sus padres en el marco de una cena familiar, quienes debían pensar que su hijo estaba totalmente loco, siendo ellos estrictos protestantes, al ponerse de novio con una latina, proveniente del otro lado del vasto Océano Pacífico, con una extraña forma de hablar inglés y con poco interés en temas religiosos. Esa noche me sentí como en medio de un capítulo de La Familia Ingalls cuando bendijimos la comida antes de la ingesta, acto que nunca había realizado en mi vida.

Sin embargo había dos problemas de fondo que no lográbamos resolver. Uno era que por más que yo hiciera mi esfuerzo leyendo la Biblia y yendo a hablar con el cura no podía convencerme en lo más mínimo de todo ese asunto y me imaginaba horrorizada qué clase de futuro nos deparaba si teníamos hijos: cuando él quisiera bautizarlos y yo no, cuando les dijera que no podían tener sexo hasta el matrimonio y yo no estuviera de acuerdo, cuando se pasara noches enteras preparando sermones para la misa del Domingo, siendo como era, el protegido de Reverend David. El segundo problema, que lo atormentaba especialmente a él, era el tema del sexo. Ese pequeño gran detalle llegó hasta tal punto de ebullición que optamos por mi mudanza definitiva a otra casa a escasas tres cuadras de distancia, cosa que no hizo sino demostrar lo pueril de nuestras decisiones. Me fastidiaba que enarbolara un discurso de recato cuando él mismo no dejaba de hacerse caer en su misma trampa de lujuria, disfrutando de los placeres de la carne para después tejer sobre ellos una manta de escrupulosa culpa en una situación que parecía continuarse al infinito. A mi entender, su iluminación espiritual no era más que represión, que pantomima y a la vez me sentía yo revestida de un carácter de oscuro objeto del deseo en el que no me sentía muy cómoda.

De a poco fui resignándome a la idea de cambiar y a la idea de cambiarlo y fui alejándome de su blanco cuerpo, su hermoso pelo rojizo, sus dedos hechos de tiza, su ombligo de luna llena. Nos costó separarnos, es verdad, pero el tiempo nos dio la razón cuando yo me di cuenta que aquella persona que veía todos los días en el trabajo era el amor de mi vida y mi futuro marido y cuando él conoció a una joven neozelandesa cristiana, se casó con ella y tuvo un hijo.