“Society, you´re a crazy breed. I hope you are not lonely without me.”
Jerry Hannan
La rutina es una pajarera en donde encerramos nuestro cerebro y cuando salimos de ella y volamos fuera de su jaula nos elevamos contentos hasta descubrir que seguimos habitando dentro de una jaula un poco más grande. El cascarón es eterno, a diferencia del ambivalente Abraxas de Hermann Hesse: “El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. Quien quiere nacer tiene que romper un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios es Abraxas.”
El viajar siempre implica una partida, un desplazamiento, sea este hacia el interior de uno mismo o motivado por la exterioridad (aunque sería más correcto hablar de una interioridad exteriorizada o de una exterioridad interiorizada). Ese viaje representa un intento de romper ese cascarón. En castellano, el verbo partir está emparentado etimológicamente con el sustantivo parto. Parir del latín parere significa "dar a luz", "producir, proporcionar". Es a través del parto que uno genera un rompimiento con el espacio que hasta ese momento era el único conocido: el del interior del vientre materno. Para el nuevo ser humano que acaba de nacer, el parto es un auténtico viaje. Las partidas siempre implican rompimientos, despedidas, En este caso, el bebé rompe la bolsa y asoma su cabeza a un nuevo mundo, lejos de la seguridad y la dependencia a la que estaba acostumbrado.
En el cine la temática del viaje, ha sido retratada muchas veces en un género que se ha dado en llamar Road Movie, pero incluso podríamos decir que casi cualquier film, casi cualquier novela y, en realidad, cualquier vida versa sobre un viaje.
Sobre un viaje trata también la última película de Sean Penn Into the wild (2007), que por alguna extraña razón ajena a mi lógica, ha sido estrenada en Argentina directamente en DVD a principios de este año a pesar de que la calidad de la película, el renombre del director y de su equipo y el hecho de ser la adaptación de un libro que estuvo 103 semanas seguidas en la lista de bestsellers del periódico New York Times y que actualmente es leído en numerosas escuelas a lo largo de Estados Unidos eran motivo suficiente para su paso por el cine. Hacia rutas salvajes, nombre con el que se convino nombrar la película del citado director (aunque una traducción más fidedigna podría ser “Hacia la naturaleza salvaje”) narra, a partir del libro de Jon Krakauer, la historia de Christopher McCandless, un joven e idealista estadounidense proveniente de una familia de clase media acomodada, que luego de graduarse en Historia y Antropología en la Universidad de Emory, dona los U$S 24.000 restantes de su fondo universitario, rompe sus tarjetas e identificaciones, quema su dinero, cambia su nombre por el de Alexander Supertramp y emprende un viaje de dos años por su país con el ansiado objetivo de llegar hasta Alaska, vivir de la tierra, en y con la naturaleza, y alejarse así de la civilización y de una sociedad con la que no se comprendían mutuamente. En septiembre de 1992 el cuerpo de Christopher McCandless es encontrado cerca del Parque Nacional Denali en el interior de un autobús abandonado con un peso de apenas 30 kilos y un diario de vida con el recuento de 189 días.
Hacia rutas salvajes es una película en donde la propia sensibilidad de su realizador Sean Penn está a flor de piel y eso se nota. Así también la propia sensibilidad del autor del libro en el que se basa la película, Jon Krakauer, cuando escribió acerca de aquel intrépido joven que le recordaba tanto de sí mismo: el autor es montañista y aventurero, reconocido por sus libros de alpinismo, cuyas experiencias lo llevaron al borde de la muerte al ser uno de los protagonistas de lo que se conoce como el “Desastre del Everest”, cuando cuatro de las seis personas de su equipo murieron tras una tormenta luego de haber llegado a la cima de la montaña más alta del mundo.
Penn tardó diez años en recibir una respuesta positiva de la familia McCandless para realizar la película y si finalmente lo logró fue por haberse mantenido fiel al libro de Krakauer así como por haber hecho partícipes a los padres y la hermana de Chris en el proceso de realización de un film que le llevó dos años y que fue filmado en 36 locaciones, muchas de ellas, situadas en los mismos lugares donde transcurrieron los hechos.
El viaje cinematográfico
Alfonso Cuarón retrata en Y tu mamá también el viaje que emprenden dos adolescentes mexicanos en compañía de una joven y desinhibida española hacia una playa escondida del Pacífico y para ello decide apelar a gran cantidad de tomas fijas, ausencia de primeros planos y superposición de la imagen muda en movimiento con la voz en off de un narrador omnisciente. En este film la rotura del cascarón por parte de los personajes se revela como un acto inconsciente, casi involuntario y la cámara lo pincela a través de una lejanía; no desde la empatía con los personajes sino desde el rol del observador. Sentimos, intuimos, que estamos siendo testigos no bienvenidos de la rotura de la burbuja personal de los protagonistas.
En Hacia rutas salvajes, en cambio, el procedimiento es totalmente diferente. Penn sabe que la figura de Chris McCanddless representa un sentimiento que en mayor o menor medida cada uno de nosotros experimentamos en algún momento de nuestras vidas y apela a una cámara subjetiva y cómplice. La película cuenta con gran cantidad de cortes y un muy buen montaje, alternando primeros planos con otros panorámicos. La cámara suele ser bastante movediza e incluso el director apela al recurso, quizás no del todo feliz, de dividir la pantalla en dos o tres recuadros. Por momentos toma el punto de vista de su personaje principal, como cuando leemos lo que Chris va escribiendo en su diario y la cámara pareciera que no existiera o cuando el protagonista vuelve a la ciudad y se imagina siendo uno de esos estúpidos yuppies a los que contempla desde la calle. En ocasiones sus propias letras invaden las imágenes, situándose por encima de estas. La sensación es la de estar viendo a través de los ojos del protagonista y de esa misma forma están rodadas muchas de sus aventuras, dando la sensación de que somos parte de ellas. En otras ocasiones, las imágenes se aceleran o desaceleran en función de los sentimientos de su personaje.
Y así como desde el plano de lo visual, Penn realiza un trabajo íntimo y subjetivo lo mismo realiza desde el sonido. Por momentos es la propia voz de Chris la que nos lee fragmentos de su diario, aunque la voz en off de la actriz que interpreta a la hermana del protagonista nos sitúa del otro lado de la historia, que es la de su familia (cabe destacar que fue la propia Carine McCandless quien escribíó la narración que relata su personaje en la película). Así como Cuarón en Y tu mamá también descartó una música que funcionara como leitmotiv con la clara intención de anular las identificaciones, Sean Penn hizo nuevamente todo lo contrario. Le encargó la banda de sonido a su amigo Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam, quien creó una inspirada colección de canciones y covers que parecen la propia y melódica voz interior de McCandless. La banda sonora es la película y la película es la banda sonora, es imposible no pensar o evocar la huella del film sin asociarlo con su música y lo mismo sucede a la inversa.
Hacia rutas salvajes logra convertirse en pluma y en pincelada, en un film poético y épico, que cuenta además con una gran dirección de fotografía a cargo de Eric Gautier, quien se desempeñara anteriormente en Diarios de motocicleta de Walter Salles, y con un elevado nivel actoral. La película de Sean Penn quizás no logre convertirse en una joya de la cinematografía pero sí en un destacado exponente de un cine más visceral.


3 comentarios:
Hola Paula. Sobrevuelo tu blog y me gusta lo que leo. Paso después, con algo más de tiempo.
Saludos!
La banda de sonido de la película la suelo escuchar mientras trabajo. Con razón me sonaba tan familiar el nombre.
Intentaré verla a la peli, y digo intentaré porque seguro me deprime y me hace pensar y todos sabemos que pensar hace mal.
Me gustó la película y mucho tu comentario.
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