¿Qué es esto sino el incordio y caprichoso recuerdo de un amor improcedente?
Hubo un tiempo en el que solía burlarme de las novelas de amor o de las pasiones cinematográficas en las que los que los insufribles amantes debían imponerse a toda serie de obstáculos para poder arribar a la concreción de su ansiado sentimiento. Lejos estaban para mí, dentro de la propia percepción de la generación en la que me tocó vivir, las trabas impuestas por motivos ajenos al amor: virginidad, dinero, religión, raza, familia. Lejos estaban también mis padres de tratar de marcar mi camino amoroso luego de que el suyo fuera cuestionado y demostrara año a año la invalidez de aquella discusión. Pero cuando cambié de latitudes y llegué a Nueva Zelanda me encontré frente a la lección que mi escasa experiencia me había negado.
Debo reconocer que en cuanto se abrió la puerta de la casa situada en la calle Russell el interés de mi visita cambió tan repentinamente como cambia de promesa un político oportunista. Ya no me importaba discernir si la casa era la adecuada o si el resto de de sus ocupantes era una manga de sicóticos. No reparé en las longitudes de la habitación ni me importó que en la casa residieran dos pequeñas niñas con los pulmones preparados para gritar y llorar a moco tendido. Lo que me importaba era que aquellos desconocidos me eligieran a mí (y solamente a mí) para compartir esa casa; era la única chance de acercarme al sobrenatural hombre que me había abierto la puerta.
Tuve suerte y a la semana ya estaba mudando mis escasas posesiones. La habitación estaba completamente vacía así que la llené con las dos valijas de veintitrés kilos que traje de Buenos Aires más la cama y demás pertenencias que me había regalado la familia Starck. Mi llegada a Nueva Zelanda había empezado con el pie derecho aún antes de siquiera pisar el país. Mientras esperaba en el aeropuerto de Santiago de Chile por la continuación de mi vuelo conocí a Nick y Julie, una joven pareja de kiwis residentes en Melbourne quienes venían de pasar sus vacaciones en Mendoza en la casa de una familia con la cual Nick había vivido años atrás como parte de un intercambio estudiantil. Pasaban las horas, seguíamos esperando el vuelo y entre charla y charla me ofrecieron que me hospedara por un tiempo en la casa de sus padres en Wellington. Esa noche, finalmente, el avión no salió y nos llevaron al Hotel Sheraton Santiago para que descasáramos el escaso tiempo que nos distanciaba del amanecer.
Ante la inminente crisis que experimenté al llegar a Auckland -¿Qué hago aquí? ¿A dónde voy? ¡Quiero volver!- decidí dejar que el destino me guiara y opté por aceptar el ofrecimiento de la pareja. A las cuatro días de haber llegado a Nueva Zelanda tomé un autobús que deshizo las diez horas que me separaban de Wellington.
Tras tres semanas de convivencia con mis bondadosos padres adoptivos neozelandeses llegó el día de la mudanza. La pacífica convivencia con el galán color canela duró menos de lo pensado: la atracción, para mi asombro, había sido mutua así que el resto es historia: una noche fuimos a una fiesta, el pasó su mano por encima de mi hombro, nos besamos en la parada del colectivo, entramos a nuestra casa, subimos la escalera hacia el área de las habitaciones y, sin dudarlo, cruzamos juntos el umbral de la puerta de su dormitorio.
Pasaron dos días, me alarmé por su frialdad y di por sentado, con gran pesar, que aquel hombre era uno más de aquellos que empiezan la guerra sólo para huir luego de la primer batalla. Pero una mañana, mientras nos dirigíamos a nuestros respectivos trabajos, me confesó lo que yo nunca me hubiera imaginado: que aquella noche llena de pasión había sido la primera en sus veintisiete años de vida; que aquella noche de ensueño había torcido su vida de una vez y para siempre: había fallado a su palabra, a su convicción, a su fe de reservar el acto más íntimo del ser humano a la alcoba bienintencionada del matrimonio.
Mi perplejidad fue absoluta (¿cómo es posible que nadie hubiera malversado los atributos de semejante belleza?) y en primera instancia, aunque debo reconocer que lo hice por todo el tiempo que duró nuestra relación, desprecié en él esa especie de anacronismo y dogmatismo religioso impropio, según mi entender, de la clase de personas que podían contarse como parte de mi círculo privado. Al correr de los días, sin embargo, dejé de lado mi propio pensamiento dogmático y traté de comprender, de suspender mis juicios preestablecidos y acercarme a su visión de mundo.
Si quería aproximarme a su modus vivendi era porque él distaba mucho de ser un acartonado joven devoto; había algo en su religiosidad extrema que me parecía inauténtico a la vez que fiel reflejo de su personalidad: era extrovertido, excéntrico, hippie, activista, divertido y sociable pero a la vez extremadamente ingenuo para su edad. Esa cualidad suya por momentos me conmovía en su pureza, de un ser carente de toda malicia, incapaz de levantar el dedo para señalar a persona alguna pero a la vez me irritaba sobremanera, como cuando me decía que Dios estaba reconstruyendo el mundo y yo le contestaba fuera de mis cabales que de qué Dios y de qué mundo me hablaba, porque el único que yo veía se estaba rompiendo en pedazos. Entonces le sermoneaba que un neozelandés sin apuros económicos ni de ningún tipo, que nunca había salido de su pequeña y perfecta ciudad (ni de su pequeña y perfecta iglesia), en un país aislado geográficamente y carente de una historia y cultura propia de larga data no podía venir a opinar sobre los males del mundo de una forma tan naïve. Que yo (dicho esto con plena soberbia) en mi calidad de sudamericana tercermundista podía decirle lisa y llanamente que ese mundo era una cagada.
A la semana, me citó en un bar de sillones aterciopelados, música suave y luz tenue y yo pensé que era aquel el momento de la concreción de nuestro amor. Por fin habría disipado sus dudas y el shock del primer encuentro habría dejado paso a una sensata reflexión sobre la atracción ineludible que se establecía entre nosotros. Esa noche pensé que su mundo y el mío habían arribado a una intersección, abstracción que se reveló errónea cuando al cabo de cinco minutos me dijo que él y yo no podíamos estar juntos aunque, si yo se lo permitía iba a amarme en cuerpo y alma hasta la muerte pero que para ello necesitaba que yo me convirtiera cristiana y que nuestro amor fuera el fruto de un compromiso con Dios. Parte de ese compromiso era no tener sexo hasta el matrimonio.
Yo no podía creer en las palabras que salían de su boca, me sentía en el medio de una película de época no tanto por la trama sexual sino por su férrea determinación de amarme hasta la muerte luego de tan poco tiempo de conocernos. Yo le dije que si quería quererme tenía que hacerlo tal cual yo era, aceptando mi ateísmo o mejor dicho agnosticismo, y sin pretender cambiarme, porque de eso no se trataba el amor. El insistía en que no quería transformarme sino simplemente acercarme a Dios y así la conversación fue polarizándose repetitivamente entre los mismos dos argumentos defendidos con ahínco por cada una de sus partes.
A partir esa noche nos sumimos en una vertiginosa relación en la que cada uno trató de adecuarse al otro pero también de convencer al otro, de llevarlo para el propio terreno conocido. Yo me embarqué en la lectura de la Biblia (él me había regalado una versión en castellano), en mis charlas semanales con Reverend David y a la vez leía como contraparte los tres tomos de Historia de la Sexualidad de Michel Foucault. Yo lo acompañé varias veces a su Iglesia Anglicana, escuchaba sus esporádicos sermones y, aunque al principio me negaba a comulgar porque no quería hacerlo si realmente no creía en lo que ello representaba, luego acepté cuando vi que en esta Iglesia no se trataba del sacerdote entregando el cuerpo de Jesucristo en forma de hostia a sus fieles sino de una ronda de personas compartiendo una hogaza de pan en forma colectiva.
Realmente traté de entender, de darle una oportunidad al cristianismo, aquella que le di siendo una niña pero que luego deseché tan fácilmente como quien se saca de encima unas ropas que ya quedan demasiado chicas. Recuerdo que nos mandábamos largos e-mails con discusiones filosóficas sobre distintos temas y él hacía un esfuerzo para aprender un poco de castellano porque yo le decía que si llegábamos a tener hijos los iba a criar en forma bilingüe.
Una noche me presentó a sus padres en el marco de una cena familiar, quienes debían pensar que su hijo estaba totalmente loco, siendo ellos estrictos protestantes, al ponerse de novio con una latina, proveniente del otro lado del vasto Océano Pacífico, con una extraña forma de hablar inglés y con poco interés en temas religiosos. Esa noche me sentí como en medio de un capítulo de La Familia Ingalls cuando bendijimos la comida antes de la ingesta, acto que nunca había realizado en mi vida.
Sin embargo había dos problemas de fondo que no lográbamos resolver. Uno era que por más que yo hiciera mi esfuerzo leyendo la Biblia y yendo a hablar con el cura no podía convencerme en lo más mínimo de todo ese asunto y me imaginaba horrorizada qué clase de futuro nos deparaba si teníamos hijos: cuando él quisiera bautizarlos y yo no, cuando les dijera que no podían tener sexo hasta el matrimonio y yo no estuviera de acuerdo, cuando se pasara noches enteras preparando sermones para la misa del Domingo, siendo como era, el protegido de Reverend David. El segundo problema, que lo atormentaba especialmente a él, era el tema del sexo. Ese pequeño gran detalle llegó hasta tal punto de ebullición que optamos por mi mudanza definitiva a otra casa a escasas tres cuadras de distancia, cosa que no hizo sino demostrar lo pueril de nuestras decisiones. Me fastidiaba que enarbolara un discurso de recato cuando él mismo no dejaba de hacerse caer en su misma trampa de lujuria, disfrutando de los placeres de la carne para después tejer sobre ellos una manta de escrupulosa culpa en una situación que parecía continuarse al infinito. A mi entender, su iluminación espiritual no era más que represión, que pantomima y a la vez me sentía yo revestida de un carácter de oscuro objeto del deseo en el que no me sentía muy cómoda.
De a poco fui resignándome a la idea de cambiar y a la idea de cambiarlo y fui alejándome de su blanco cuerpo, su hermoso pelo rojizo, sus dedos hechos de tiza, su ombligo de luna llena. Nos costó separarnos, es verdad, pero el tiempo nos dio la razón cuando yo me di cuenta que aquella persona que veía todos los días en el trabajo era el amor de mi vida y mi futuro marido y cuando él conoció a una joven neozelandesa cristiana, se casó con ella y tuvo un hijo.

4 comentarios:
Según las antiguas religiones el sexo es el principio de la existencia material y el hombre debe ser regulado para poder ser liberado de ésta. El matrimonio es una licencia para practicarlo con el objetivo de traer al mundo otras almas y guiarles hacia Dios...
El sexo según dicen es el mayor placer que existe en el mundo material y el que más te hace identificarte con este cuerpo y aceptar todo lo que le pase como tuyo. Implicándote más en esta existencia material y alejándote de lo espiritual.
Quitando todo lo religioso,el sexo en una pareja normal sigue siendo una fuente de problemas,infidelidades,discusiones
,sospechas,celos y todo por unos segundos de gloria. Lucha frenética para que dure un poco más. Aún sabiendolo no se puede controlar ni tampoco regular.
Cuando tenía 14 años,salí con una chica del Opus,logré lo que antes nadie había logrado,besarla el primer día de nuestra relación. No podía ni ponerle la mano en la panza que se asustaba, asi que ni hablar de sexo. Nos gustabamos mucho pero para su circulo de amistades yo era el diablo,no era para ella,fumaba,bebía y tenia aros:era el anticristo en motocicleta. Un Día me dejó,me dijo que se iba a juntar con gente nueva y que no les iba a caer bien: así de claro.Ni si quiera el mínimo esfuerzo por cambiarme.Aunque de todos modos no hubiese funcionado.
Que gran historia. Me encanto, tiene todos los dotes de una gran novela. Hasta el final (real como la vida misma) Saludos desde Costa Rica.
PD: Me encanto tu blog, nos veremos más seguido!!
guau.
realmente hacer un compromiso de tal magnitud para alguien a quien no le interesa más que la persona que ha hecho el compromiso, y no cree en a quién se lo ha hecho... debe ser demasiado difícil...
yo un día creí que no iba a tener sexo hasta el matrimonio.
Gracias por los mensajes. También me dí una vuelta por sus blogs. Y espero verlos seguido!
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