En el cuento de Julio Cortázar La autopista del sur un embotellamiento de tránsito durante un tiempo muy prolongado provoca la generación de una comunidad transitoria. Hacia el final de la historia, cuando el tránsito se descongestiona, los autos comienzan a circular rápidamente por el camino prefijado como si nada hubiese pasado.
Somos individuos móviles; ya lo dijo Richard Sennett: “el individuo móvil contemporáneo ha sufrido una especie de crisis táctil: el movimiento ha contribuido a privar al cuerpo de sensibilidad”.1 El cuerpo en movimiento no es más que un cuerpo vacío, embotado en sus sentidos. El espacio se convierte en un obstáculo a sortear y la lógica de la ciudad es la de la autopista.
Porque no queremos ver al otro, que no es más que las múltiples posibilidades de uno mismo. Es como ver cientos de reflejos distorsionados en el laberíntico rizoma de algún espejo mágico. Queremos conservar nuestra imagen de individuo y por eso tendemos al individualismo: somos lo suficientemente miedosos y canallas como para hacer lo contrario. Pero la velocidad no implica dinamismo, como bien señalara Ezequiel Martínez Estrada: “Puede una ciudad estar muy agitada sin ser dinámica, como un hombre puede estar en cama con 150 pulsaciones por minuto”.2
Creo que este puede ser uno de los motivos por los cuales muy a menudo sueño con vivir en la playa, saludar al vecino, ir a trabajar en bicicleta, respirar aire puro, sonreírle a los extraños. Abandono estas tierras hacia otras que tal vez me lleven al dinamismo soñado o quizás descubra que la agitación está en mi misma, postrada con 150 pulsaciones por minuto, incapaz de fluir velozmente por mi propia autopista.
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1- Sennet, Richard, Carne y piedra, Madrid, Aianza Editorial, 1994.
2- Martínez Estrada, Ezequiel, La cabeza de Goliath, Buenos Aires, Ed. Club del libro A.L.A. 1940.
3- Cortázar, Julio, "La autopista del sur" en Todos los fuegos el fuego, Buenos Aires, Editorial Sol90, 1966.
Fotografía: http://blog.wired.com/cars/images/2007/06/17/traffic_jam.jpg


2 comentarios:
Tienes toda la razón,a mi me desagrada el centro de la ciudad, toda esa gente...intentándola esquivar,adelantándola,chocándola,o en el subte o colectivo lleno hasta la bandera, teniendo que elegir para que lado encaras al pasar entre dos personas,restregándote desde la entrada hasta el final para encontrar ese sitio donde más tarde alguien se restregará contra tí.
Esa invasión de mi espacio me mata,pero claro, también es el espacio de los otros.
Incluso en un ascensor con otra persona,deseas que llegue ya tu piso o el suyo,el tiempo va más lento,se carraspea,se tararea una canción,se mira el celular,se cruzan las manos ,las miradas no pasan de tus zapatos o no bajan del techo y cuando llega tu piso te sale un hasta luego de lo más sincero...
Y qué se le va a hacer, es una de las tantas facetas negativas que tiene éste sistema...
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