Visionario como pocos, el escritor inglés Aldous Huxley describía en la década del treinta en su libro Un Mundo Feliz (A Brave New World ) una sociedad altamente estratificada en la que las diferentes castas (Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsylon) eran adiestradas bajo sistemas de acondicionamiento hipnótico durante el sueño, así como sujetas, entre otros métodos, a la aplicación de procedimientos pavlovianos (descargas eléctricas para reprimir ciertos acciones) para aceptar y valorar su propia condición de clase.
En la novela anti-utópica del citado autor, el Estado recurre a un adiestramiento en los seres humanos desde sus más jóvenes edades para generar el conformismo a la clase social de pertenencia y la aceptación de las condiciones de existencia con el fin de continuar con la vigencia y reproducción del status quo.
El siguiente es un ejemplo de este proceso de condicionamiento a los Betas (clase media) en Un Mundo Feliz:
“Los niños Alfas van de gris. Trabajan mucho más que nosotros porque son prodigiosamente inteligentes. La verdad, es que estoy muy satisfecho de ser un Beta, pues no tengo un trabajo tan pesado. Y además somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son unos tontos. Visten de verde. Y los niños delta de caqui, no, no, no quiero jugar con los niños Deltas. Y los epsilones son aún peores. Son demasiado tontos para aprender.”
Salvando las distancias, no muy diferente es lo que postula el socíólogo francés Pierre Bourdieu en 1979 en el ámbito de la sociología. En su trabajo La distinción, criterios y bases sociales del gusto, Bourdieu toma un objeto de estudio polémico como es el gusto, categoría que pareciera que escapa a un análisis sociológico por pertenecer al ámbito inescrutable de la subjetividad. Sin embargo, como señala el autor, el objeto de estudio de La Distinción no es el gusto, sino las configuraciones sociales del mismo.
El sociólogo francés descubre detrás de aspectos que parecieran de índole subjetiva, como el qué tipo de comida se come y de qué manera, qué deportes se practican y por qué, qué es lo que se aprecia con valor artístico y que no, toda una compleja trama de relaciones de dominación simbólica. 1
Hay un paralelismo patente entre el universo del acondicionamiento mental deliberado del Estado de Un mundo feliz y la aceptación e identificación de la clase social en la sociología de Bourdieu.
A la pequeña burguesía (clase media) Bourdieu le atribuye un estado de buena voluntad cultural, de alodoxia 2, es decir una falsa identificación que provoca una conformidad con los productos o prácticas que emulan a los de las clases altas. Sin embargo, son simples imitaciones para crear la sensación de estar a la altura de consumos a los que, en realidad, no acceden. Las clases populares, para el sociólogo francés, se rigen por el principio de elección de lo necesario, haciendo de la necesidad virtud (las elecciones se realizan en base a criterios estrictamente funcionales y prácticos).
Cuando Bourdieu dice “los miembros de las diferentes clases sociales se distinguen menos por el grado en que reconocen la cultura que por el grado en que la conocen”, está demostrando de qué forma este conocimiento representa una manifestación inconsciente de la aceptación de la cultura legítima, base de una verdadera dominación. Por ejemplo, cuando los indios de América se resistían a las prácticas jesuíticas a través de la trasmutación de sus propios símbolos religiosos en los símbolos de la fe cristiana lo que hacen es una “resistencia pasiva y disfrazada”. Cuando solo soñamos ser es Brad Pitt o Angelina Jolie, comprar un coche modelo BMW o la última cartera de Louis Vuitton, lo que hacemos es ratificar la superioridad que representa la adquisición de tales mercancías. No hay resistencia sino ratificación en el mero acto de soñarlo y aunque esos productos sean mayormente inaccesibles para nosotros, de alguna forma admiramos a los que sí los poseen.
Cuando Bourdieu dice “los miembros de las diferentes clases sociales se distinguen menos por el grado en que reconocen la cultura que por el grado en que la conocen”, está demostrando de qué forma este conocimiento representa una manifestación inconsciente de la aceptación de la cultura legítima, base de una verdadera dominación. Por ejemplo, cuando los indios de América se resistían a las prácticas jesuíticas a través de la trasmutación de sus propios símbolos religiosos en los símbolos de la fe cristiana lo que hacen es una “resistencia pasiva y disfrazada”. Cuando solo soñamos ser es Brad Pitt o Angelina Jolie, comprar un coche modelo BMW o la última cartera de Louis Vuitton, lo que hacemos es ratificar la superioridad que representa la adquisición de tales mercancías. No hay resistencia sino ratificación en el mero acto de soñarlo y aunque esos productos sean mayormente inaccesibles para nosotros, de alguna forma admiramos a los que sí los poseen.
Lo recalcable de Bourdieu es que basa sus escritos en base a un exhaustivo trabajo de campo en el que analiza los gustos en relación a las clases sociales y partir de allí desarrolla una muy interesante teoría sobre el gusto de los franceses en distintas esferas de consumo como el cine, la moda, la comida, la decoración y la música. Sus conclusiones demuestran una disposición hacia la aceptación de un cierto tipo de comportamiento de clase en rechazo hacia otras formas de conducta. Así, por ejemplo, la saturación de objetos decorativos (como la multitud de fotos, plantas de plástico, muñequitos y diversas chucherías) puede ser una de las marcas distintivas de una clase, y la sobriedad y “el buen gusto” el de otra.
El humor de Quino
1-Es “…la forma suave y larvada que toma la violencia cuando la violencia declarada resulta imposible”. Bourdieu, Pierre, Cosas Dichas, Barcelona, Gedisa, 2000.
2-Tomar una cosa por otra
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